La punta del iceberg

Por Isabel Flórez
Psicóloga  y Psicoterapeuta

Cuando un menor empieza a mostrar cambios de conducta o síntomas que le limitan en su día a día, los padres tratan la situación con sus propios recursos, pero cuando no se produce el cambio esperado o la situación se agrava, deben llevar al niño a un especialista.

En la primera entrevista en la que no siempre es necesario que acuda el menor, el psicólogo hace una recogida de información en donde se tienen en cuenta datos como los antecedentes familiares, historial médico y escolar, la etapa evolutiva con las funciones psíquicas propias, los hábitos de sueño, alimentación… y la propia historia del problema que les hace acudir a consulta. Cuando el niño acuda también aportará datos sobre situación, que no siempre coincidirán con los de los padres.

En la elaboración de la historia el terapeuta tendrá en cuenta la interacción familiar durante la entrevista para determinar el nivel de relaciones entre los distintos miembros, los mecanismos de defensa, las dinámicas familiares, etc. Es necesario que todos entiendan de dónde provienen los problemas, qué los está reforzando en el presente, cuáles son las opciones u objetivos con la terapia y la importancia de participar activamente en el tratamiento.

Cuando los datos o “piezas del puzzle” no encajan deben hacerse más entrevistas para favorecer un buen diagnóstico y por lo tanto una mejor intervención. Hay algunas ocasiones en las que el niño puede mostrar síntomas ante una situación subyacente de la que, por distintos motivos, no se habla inicialmente.

Mario es un niño de ocho años y el menor de dos hermanos, que comienza a padecer ansiedad, pesadillas, excesiva preocupación y rechazo a realizar actividades con  las que antes disfrutaba. Cuando los padres acuden con él a consulta, no identifican ninguna causa directa con los cambios de su hijo, pero semanas más tarde comentan que hace un tiempo que se están planteando el divorcio aunque todavía no han comentado nada a sus hijos y que no van a hacerlo hasta que el menor se encuentre mejor.

En este caso, los miedos de Mario pueden ser la parte visible o punta del iceberg y trabajar exclusivamente esos síntomas no sería conveniente ni suficiente ya que el menor puede obtener como beneficio secundario una atención que frena las disputas entre sus padres, pero no soluciona el problema de pareja.

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