Las mentiras infantiles

Por Isabel Flórez
Psicóloga  y Psicoterapeuta

Conseguir un caramelo, no hacer los deberes, quedar con los amigos, salir por la noche, obtener un puesto de trabajo o que alguien piense que somos lo mejor que le ha pasado en su vida, puede ser motivo suficiente para mentir de forma piadosa, patológica, neurótica o en cualquiera de sus versiones.
Desde edades muy tempranas mentimos, aunque es a partir de los 7 años cuando tiene una intencionalidad más definida y orientada a un claro beneficio. En niños de menor edad, la mentira suele formar parte de su fantasía y de sus juegos, con una funcionalidad sana en el desarrollo y con tendencia a desaparecer con la madurez.
La connotación positiva de la mentira puede verse desde la perspectiva de ser un mecanismo de protección y defensa ante un daño, pero detrás de muchas mentiras hay llamadas de atención, baja tolerancia a la frustración,  miedo al castigo, necesidad de no defraudar ante un exceso de exigencia, o simple imitación. En todo caso, el que miente obtiene un beneficio secundario, al menos a corto plazo.
Lo primero que tenemos que hacer como adultos es descubrir el origen y el por qué nos está mintiendo, y en el caso de que sea algo repetitivo, saber que es lo que está manteniendo esa conducta. Uno de los factores claves en la prevención es la actitud que muestran los padres con respecto a las mentiras, siendo básico desarrollar una relación basada en la confianza.
Los menores necesitan saber que mentir es negativo y que hacerlo tiene unas consecuencias en las relaciones con los demás. Debemos reforzar la autoconfianza para evitar que mienta con el fin de ser aceptado, felicitándole cuando diga la verdad, por dura que ésta sea. Nuestra reacción ante la mentira debe ser proporcionada, explicándole claramente lo que esperamos de ellos y que pese a su conducta les queremos.
También trataremos de comprender los motivos, dándole la oportunidad de ser sincero, aunque esto implique un castigo. Daremos ejemplo, no prometiendo cosas que no se pueden cumplir y evitando falsedades cuando no sepamos qué contestar.
Si la mentira nos lleva al malestar emocional, la sinceridad, por el contrario, nos libera y nos aporta un desarrollo emocional sano, una buena autoestima y mejora las relaciones sociales.

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